Notas, de tan dispersas. . .

¿Es posible crear políticas culturales para el patrimonio documental mexicano?

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Pedro Ángeles Jiménez


La presente nota fue la lectura en la presentación al libro de Idalia García y Bolfy Cottom (coordinadores), El patrimonio documental en México. Reflexiones sobre un problema cultural, México, Cámara de Diputados LX legislatura, Miguel Ángel Porrúa, 2009, la cual se realizó en el Auditorio del Instituto José María Luis Mora, el 23 de septiembre de 2009.

Como siempre estar aquí, avisando a ustedes sobre la llegada de un libro y compartiendo con los doctores Idalia García y Bolfy Cottom los parabienes de su esfuerzo, para mi siempre es un honor. Con ambos he coincidido en diversas oportunidades, quizá un poco más con la Dra. García, pero siempre a la vera de inquietudes compartidas en uno de los más extraordinarios rumbos que para mi pueda existir, el de trabajar por y a favor de nuestro legado patrimonial mexicano, molino de viento que a pesar de los pesares, generosamente muele nuestros granos y nos alimenta, y por el que vale la pena imaginar y crear, batallar y pensar.

Es así que el patrimonio vuelve a ser el eje de nuestros encuentros, ahora a partir de esta feliz ocasión que me permite hablar de un libro que considero importante, uno, que despierta en su título el amplio sistema de problemas que atiende, porque rara vez encontraremos -aunque hay diversidad en las plumas intervienen en el proyecto-, la noción de que libros y documentos, archivos y bibliotecas, forman un solo frente común que al entenderse de manera integral, dejará ver con mas detalle la multitud de cuestiones que en apretada agenda, mas nos vale continuar debatiendo, y si se puede también continuar resolviendo.

Además de la sintética y atinada presentación hecha por Ramón Aureliano, cinco partes componen el libro, distribuyendo con equilibrio las aportaciones de los distintos autores. Menciono aquí el esquema general de la obra:

  • Primera parte: Reflexiones patrimoniales, en donde participan los coordinadores, cada uno con su nota correspondiente
  • Segunda parte: Instituciones nacionales del patrimonio documental, con artículos de Lidia Camacho, Magdalena Acosa Urquidi y Silvia Salgado Ruelas
  • Tercera parte: Archivos, con un artículo de Gustavo Villanueva Bazán, y otro con la coautoría de Marco Antonio Pérez Iturbe y Berenise Bravo Rubio
  • Cuarta parte. Bibliotecas, con un artículo de Manuel de Santiago Hernández
  • Quinta parte. Temas relacionados, con la participación de Isabel Galina Russel y Ana Rita Valero de García Lascuráin.

Se perfecto que este listado podrían repetirlo quienes presentamos el libro en esta ocasión; en mi caso la intención quiere, además de agobiar su atención, aprovechar el momento para externar a cada participante el reconocimiento de un atento lector que, nuevamente, aprende de lo que escriben y medita en lo que provocan, estando además en el trance de echar redes más grandes porque hay que atrapar posibles lectores.

Entrando en materia, al inicio de mi lectura preguntaba: ¿es posible crear políticas culturales para el patrimonio documental mexicano?. Creo que esta pregunta ronda a muchos de los expertos que escribieron en este libro, pero en realidad, debía preocupar al conjunto de la sociedad mexicana que, al final, será la beneficiaria si esto ocurre y será la culpable esto no ocurre en los mejores términos posibles por que, no solo se trata de emitir decretos para la creación de una Secretaría de Cultura o cabildear ante las instancias correspondientes, leyes que deroguen las ya existentes o instituciones nuevas que desplacen a las que actualmente operan.

Después de todo, la naturaleza del patrimonio documental mexicano ya no es la misma que cuando vieron la luz las principales instituciones depositarias de él, entre las que podemos citar a la Biblioteca Nacional o al Archivo General de la Nación, y no es lo mismo no sólo porque la realidad contemporánea dista increíblemente de aquellos mediados del decimonónico siglo en que se creó la primera, y corroborarlo, basta que evoquemos un paisaje de José María Velasco frente a una visión actual del Valle de México.

Las circunstancias distan además, porque la compleja sociedad mexicana confía más los empeños de su trabajo y el legado de su memoria en una transición tecnológica tan extraordinaria como en su momento lo fue la invención de la imprenta. Saben que me refiero a los objetos digitales, que desde bases de datos a presentaciones para una clase o conferencia, películas, música, textos y libros, todos ellos hoy aparecen bajo el sino del byte, con sus extraordinarias ventajas y fortalezas, pero también con una brecha de conocimiento que al mirar atentamente, habría de remontarse a pasos agigantados.

Inevitablemente, de eso temas solemos charlar cuando nos reunimos, como hoy, en otros lugares y por otros motivos, y de esos temas trata este libro, que pone en la mesa de trabajo no sólo el futuro y lo que concierne a la socialización del patrimonio documental, sino también su comprensión, desde reflexiones que van del marco legal hasta ideas sobre la realidad de algunas instituciones y fondos, o la experiencia en la implementación de proyectos concretos.

En el “Azar y complejidad del patrimonio documental mexicano”, traigo a cuento que tras el hablar sobre el inapropiado marco jurídico en el que se desenvuelve el patrimonio documental en México, antes hay que realizar, -esto lo dice Idalia García-, “un análisis profundo de la realidad cultural de nuestro país con sus fortalezas y debilidades, antes de promover reformas jurídicas” (p. 9) de titulares de altos puestos que en mas de una ocasión se pretenden innovadoras. También encontrarán reflexiones sobre cómo el valor de marcos mayores como el de la constitución o los derechos humanos, no están adecuados del todo a la realidad que viven las instituciones custodias de nuestro patrimonio documental, o también, cómo la idea de democracia sin responsabilidad afecta el entendimiento de nuestros bienes patrimoniales.

… Será que el neoliberalismo quiere condenar a la sociedad mexicana, cediéndole a lo más una red donde sus valores máximos sean publicitar los sistemas de la burocracia estatal y no colaborar con la sociedad del conocimiento, en donde el valor de la memoria y el conocimiento colectivo sea plenamente reconocido, y que esa valoración derive “en un bien común de interés social y como tal un objeto que debe ser respetado para el uso público en aras de un beneficio colectivo…” (p. 14)…

Y para lograrlo no es necesario construir mega bibliotecas, como tampoco “basta con mencionar que el interés publico y el bien común que justifica la creación y mantenimiento de instituciones culturales…” (p. 25) se levante como bandera “sin definir claramente esos conceptos y la relevancia social que adquieren en la salvaguarda en la salvaguarda del patrimonio documental”, y añadiría, la socialización, que le garantice a cualquier ciudadano acceso a bienes patrimoniales, a su conocimiento y a su disfrute, para que apropiándoselos, los valore mejor y le sirvan como para construir un referente de lo que es, de lo que somos.

En “El patrimonio escrito. Una aproximación a su marco normativo en los inicios del siglo XXI”, Bolfy Cottom trata diversas materias bajo la óptica del especialista que se ha dedicado a la historia de la legislación del patrimonio cultural mexicano, haciendo de ese pasado un aliento para el presente y su deseable futuro.

Para ello tiene un observatorio prodigioso, el Instituto de Antropología e Historia, que además de ser depositario de un gran legado patrimonial, muchísimas veces de interés nacional, variado en su naturaleza pues  tiene lo mismo zonas Arqueológicas que fondos bibliográficos, documentos y objetos históricos de la más variopinta condición, con marcos jurídicos establecidos de tiempo atrás. El INHA es una institución en la que las transformaciones del México contemporáneo se palpitan sin tregua; por ello, el autor sabe muchas cuestiones que “tienen que ver con el objeto que nos ocupa analizar; el debilitamiento del sistema federal, la disputa de ciertos sectores poderosísimos, tanto políticos como empresariales a la Federación de sus bienes culturales; el abandono de la inversión por parte del gobierno federal en la investigación, conservación, restauración y difusión de aquellos vienes culturales y un cada vez más cansado y avejentado cuerpo de trabajadores, del tipo que sea, que parecen estar resignados a perder la batalla…” (p. 37) Es el retrato de una institución donde parecen reflejarse ojos cansados y con débiles luces de esperanza, pero no será así, porque para hablar de patrimonio, como Cottom, estoy cierto que no sólo hay que catalogarlo y conservarlo o creer en él como un intangible de la identidad nacional, que también encuentro, cada día me es mas intangible.

También creo que no podemos otorgar a toda producción cultural producida por la sociedad contemporánea el epíteto de patrimonio, en tanto éste no gane profundidad histórica, pues como dice Cottom, “…el proceso de valoración o aprecio cultural es algo que se produce con el tiempo, no es algo inmediato y, en dado caso, el interés por preservarlos forma parte de largos procesos cuando éstos vienen realmente del sujeto colectivo social…” (p.38).

Por otra parte, que la originalidad sea característica fundamental en la consideración de qué es patrimonio, de eso ni hablamos, pues estoy convencido que las mecánicas culturales de la sociedad se valoran mejor en tanto se reconoce que el sustrato cultural del que emanan nos es común, con referencias ineludibles que aprovechamos los individuos para reproducir y generar mas cultura, en un continuo histórico en donde es justo reconocer los débitos, aunque también deba estarse pendiente de no caer el en el otro extremo de creerse enanos sentados en los hombros de gigantes.

“Pensar con la historia –vuelvo a citar- supone la utilización de los elementos culturales, cualesquiera que sean sus expresiones, en una construcción social del presente y del futuro. En este sentido el sujeto, individual o colectivo, queda relativizado al tiempo social, por esta circunstancia los bienes culturales cobran una fuerte importancia para la comunidad de origen y destino…” (p.39)

Olvidar esto es trivializar al patrimonio, negando la profundidad histórica de la sociedad en sus manifestaciones culturales. Es apostarle a crear una sociedad sin memoria, sin historia y por lo tanto, sólo viva en el desasosiego de lo inmediato, sin aspiraciones espirituales, en nihilismo pleno, consumiendo tiempo aire de cualquier cosa sin considerar que es el tiempo lo que posibilita respirar el aire, y consumir no es tan importante; estremeciéndose frente a valores travestidos que hacen a un premio novel un modelo menos digno frente al mayor éxito mediático de un futbolista o una cantante que por cierto, rápidamente pasan de moda…

¿Qué interés tiene para el estado el patrimonio bibliográfico y documental?, ¿cuál es el itinerario del marco legal en el que se desenvuelve éste y las instituciones nacionales en que se resguarda? ¿Cómo definen estas leyes nociones como la de monumento o patrimonio? ¿Qué hacer para saber qué patrimonio se tiene y cómo conservarlo?, ¿A quién le corresponde su custodia y qué atribuciones debe tener en tanto institución depositaria de patrimonio?

¿Qué nos puede decir la experiencia de instituciones como la Fonoteca, la Cineteca y la Biblioteca Nacionales en el territorio de la organización, preservación, estudio y difusión de los bienes públicos que custodian?. ¿Qué debe hacer una institución cuando genera fondos documentales que paulatinamente pasaran a formar parte de su legado histórico? ¿Los archivos eclesiásticos sigue siendo bastiones de la memoria para la institución que les da vida? ¿Cómo hacer que se rompa el mito de que fuera de la ciudad de México todo es periferia, si en tantos lugares de la república el patrimonio bibliográfico y documental cuenta con soberbios legados? ¿Fuera de la vida institucional, es posible la sobrevivencia a largo plazo de patrimonios bibliográficos y documentales en fondos privados? ¿Qué experiencias hay en México en el terreno de la digitalización?

Les dije que era pescador lanzando las redes, que la pesca será abundante en la medida en la que las primeras inquietudes expresadas en esta presentación y las últimas preguntas se respondan, y nos ayuden a encontrar viabilidad en la construcción de políticas culturales, de estándares de conservación y documentación, de planteamientos que nos ayuden a saber mejor qué es lo que tenemos y cómo retribuir la confianza que la sociedad depositó en nuestras instituciones, las cuales deben alejarse de la tentación de convertirse en simples gestoras y dueñas de un patrimonio que nos es común, que es de todos.

Tampoco quiero decir que todas estas preguntas encuentren todas las respuestas en las 195 páginas de este libro, pero, atrévanse a averiguarlo, es posible que como yo se animen a dejar la misma constancia de gratitud a los coordinadores del proyecto, a los autores que participaron en el libro y al sello editorial Miguel Ángel Porrúa y la LX Legislatura de la Cámara de Diputados, que tuvieron a bien dejar en letra de molde este libro, ya les decía, tan interesante.

Escrito por Pedro Angeles

09/23/2009 a 6:56 pm