Los conventos franciscanos: espacios simbólicos y de la memoria

Pedro Ángeles Jiménez

I

Resulta plausible que entre los posibles lectores, haya quién tenga cierta experiencia en el conocimiento de al menos uno entre los muchos convento edificados a lo largo del siglo XVI en la Nueva España, merced al trabajo de cualquiera de las órdenes religiosas que participaron en las tareas de su evangelización. Por tanto, también resulta posible que alguno ya tenga una idea de que, por regla general, la monumental masa arquitectónica de los conjuntos conventuales novohispanos, se despliega al centro de sus poblados, compartiendo espacio con los edificios del poder civil entorno de una plaza. De ahí podría decirse que el convento fungió como axis de los antiguos barrios, de lugar frontero entre comunidades de distinta raigambre, como la antigua Tlalneplantla, donde otrora y bajo el espacio unificado del pueblo, se congregó gente de origen mexica y otomí. Quizás, entonces, no serán del todo desconocidos los componentes esenciales que forman su traza arquitectónica: el primero visible a todo visitante, una gran barda que delimita al todo y a sus partes, mostrando en algunos casos, accesos bien marcados con arcos muy vistosos y en eje al centro de un gran patio donde arribando, podrían mirarse a sus esquinas las capillas posas, o descubrirse al centro un túmulo donde se levanta una cruz a la que por estar ahí desplantada, se le denomina atrial. Imagínense en alguno de esos sitios y con una mirada atenta, descubran que el gran espacio delimitado por esa barda funcionaba otrora no sólo como paisaje de jardines, sino que además, atendía fiestas y procesiones y fue, como lo muestra el benemérito grabado publicado por fray Diego Valadés en 1579[1], un espacio para la catequesis y aún la administración de los sacramentos, lo mismo que escuela para la enseñanza de las artes y oficios. El atrio debía de ser un espacio muy vivo, enmarcando la fachada del gran templo a cuyo costado se miraría la portería del convento, o la capilla abierta que en opinión de John McAndrew, fue para la arquitectura de aquellos tiempos una aportación tan fundamental como lo son rascacielos para la del mundo contemporáneo[2].

Dependiendo el caso, cada una de estas partes muestra variadas fisonomías que resultan difíciles tipificar: cruces flordelisadas o con relieves pasionarios; capillas posas con programas escultóricos o sin ellos, porterías de columnas ligeras y arco de medio punto o con estructuras masivas adosados al plano de la fachada; capillas abiertas de tribuna o a nivel de piso, exentas o protegidas dentro de la portería. Ahí, ya se descubre, se revela el ingenio que particulariza cuanto apresuradamente va pasando revista.

Y así, la iglesia puede ser de altísimas bóvedas de crucería o de cañón corrido, su sotocoro de madera o mampostería con plementos y nervaduras a la vista de quién accede. La nave será una sola, aunque también las hay de tres naves y los ábsides alojan presbiterios de formas semicirculares o poligonales.

Las sacristías comunican a otras dependencias conventuales lo mismo que cierta portada al interior del templo, que directamente da paso al claustro. En el caso de los conventos franciscanos, también es característica la portada Porciúncula, que se localiza a la mitad la nave pero en el extremo opuesto al claustro, y que se levanta para rememorar un sitio muy caro a la orden: aquella “pequeña porción de tierra”, una capilla restaurada por el Poverello con sus propias manos, y donde escuchó el llamado que le conduciría a elegir la vida de absoluta pobreza.

Desde la portería existe otro acceso al claustro, que salvo contadas ocasiones es de dos plantas, variado en sus dimensiones lo mismo que en la riqueza ornamental de sus conjuntos de arcos, pilastras y columnas. En esa primera planta se localiza el refectorio, la sala de profundis, las escaleras que conducen al claustro superior y otras dependencias de servicio como la cocina, y mas allá el huerto y anexos de variado uso.

El centro del claustro puede detentar una fuente y ocultar un aljibe, arabismo poético que sirve para denominar a un depósito subterráneo de agua, agua que ahí se almacena, o almacenaba, merced a los precisos trazos de una red hidráulica que en la mayoría de los conventos funciona sólo parcialmente, pues las cubiertas de iglesia y claustro ya no recogen tan eficientemente el agua de lluvia, o con acueductos dejaron de proveerla. Así lo vemos con los aljibes del convento de Tecali, cuya agua estancada no tiene ningún uso, o el aljibe grande del convento de Actopan, que hoy luce aplanado y con el pasto de una cancha de fútbol.

En medio de la geografía nacional, podemos encontrar conjuntos conventuales que van desde la pura ruina arqueológica hasta los restaurados, desde aquellos tan venidos a menos, que acusan olvidos seculares, hasta otros que destinados a usos distintos a los originales, sirviendo, en el mejor de los acasos, de museos. Habrá templos que conservan sus retablos del siglo XVI, y otras donde los primitivos se sustituyeron por obra más reciente y aún aquellos donde ya no queda nada.

II

A decir verdad, cada convento en su singularidad, revela las partes de un todo casi siempre fragmentario. Pedazos de arquitectura con resabios de cantera de otros tiempos o viejos sistemas de ingeniería hidráulica en desuso; sistemas ornamentales que, incompletos unos, permiten apenas vislumbrar como fueron esos lugares en sus mejores días… Verdad es que pretender estudiar a tan venerables monumentos, puede traducirse en horas y horas dedicado a ello, pero no se alarmen, que atento al hecho de que esta oportunidad se acota en tiempos limitados, baste por hoy para lo que quiero, ahondar en un ejemplo extraordinario: el convento de San Miguel de Huejotzingo.

La razón, como siempre, estriba en la ventaja. La obra material de ese conjunto ya cuenta con amplia bibliografía, habiendo sido estudiado por autores tan diversos como Rafael García Granados, Luis Mac Gregor, Marcela Salas Cuesta y mas recientemente Mario Córdova Tello[3], cuyo trabajo de arqueología colonial, nuevamente pone en evidencia la circunstancia de que aún frente a lo que tenemos a la vista al visitar el convento de dicha población, siempre queda lejos lo que es de lo que fue.

Es sabido que Huejotzingo se cuenta entre las primeras cuatro poblaciones que recibieron la atención de los primeros franciscanos[4], ello quiere decir que al lado de toda labor relacionada a la predicación, desde etapas muy tempranas se definió para este sitio la ejecución de una primitiva fundación, en concordancia con la traza y asentamiento de la ciudad.

Entre 1524 hasta quizá los principios de la década del 1530, daría inicio la construcción de una plataforma sobre la que se levantaría la más temprana y modesta construcción. Los vestigios arqueológicos permiten pensar en una basílica de tres naves cuyas columnas laterales no serían sino vigas de madera, lo suficientemente robustas para soportar el peso de la techumbre de dos aguas[5]. Esa sería la obra conocida por fray Martín de Valencia y los primeros franciscanos llegados a la incipiente Nueva España.

A continuación, otra etapa con las mismas características sustituiría la primitiva fundación. Su mejor fábrica apenas sería poco mas grande, pero significativamente se acompañaría por dependencias como una capilla abierta, la escuela, un rudimentario convento, el atrio, un sistema hidráulico definido y quizá la construcción de un hospital, obra que en suma sería armoniosa y cuya vigencia rondaría los años que median entre 1530 a 1545. No es remoto pensar que algunos muros construidos por aquel entonces, permanecerían hasta la fecha, pero con toda su importancia, esta solo fue otro momento intermedio a la monumental obra que recorremos en la actualidad[6], empresa increíble que iniciara acaso sobre la década del 1540.

Dos de sus famosas capillas posas ostentan relieves con los años de 1550 y 1556, de modo que la actual barda perimetral y sus monumentales accesos, acaso quedarían temporalmente terminados por esos años. Para 1572 se conoce que aún se trabajaban en la construcción del templo, pero tomando como referencia que el conocido contrato para la ejecución del retablo de Huejotzingo se encarga a Simón Pereyns en 1584, tendríamos que admitir que al finalizar la década de 1570, estaría muy cerca de concluirse la obra mayor del templo. El tiempo fragua el quehacer de la sociedad, que en su vivencia deja testimonio de algunas de sus partes, pero oculta otras al cobijo del olvido.

III

Y contra el olvido, los testimonios y recuerdos con que se arma la memoria… Es verdad que las principales ordenes religiosas activas en la Nueva España, tuvieron cronistas cuya obra, resulta invaluable tesoro para conocer de ellas y de sus personajes principales. Habrá de advertirse, sin embargo, que en eso de la historia los franciscanos muestra singular constancia y particular oficio. Al respecto, pueden citarse los trabajos de fray Francisco Jiménez, uno de los primeros doce, quien escribiera tempranamente la primera vida de fray Martín de Valencia[7], o las crónicas formadas fray Toribio Motolinía[8], fray Pedro de Oroz, fray Francisco Suárez, fray Jerónimo de Mendieta[9], fray Juan de Torquemada[10] y entre varios más, la de fray Agustín de Vetancourt[11]. Al ejercicio constante de la pluma, corresponde también la oficiosa organización sus bibliotecas y archivos que, al mirar más detenidamente, también forman cepa con otra importante manifestación presente con constancia en la edificación conventual, el cultivo de la memoria mediante imágenes de retrato.

Así, podemos citar la imagen que evoca a fray Martín de Valencia en el convento de Tlalmanalco, o los hermosos retratos pintados en las jambas internas en los claustros bajos de los conventos de Cholula y Quecholac, obras tal vez menos conocidas que la famosa representación de los Primeros Doce cita en la sala de profundis de nuestro ya citado convento de Huejotzingo.

Como todo mural, esta pintura forma parte de un complejo entramado más amplio, el cual se extiende a todo el sistema ornamental del convento. Siendo así, no se puede ignorar que ha de establecerse su posible relación con el resto de los paneles que se hallan en la misma dependencia, como Jesús lavando los pies de los apóstoles, las escenas de santos por pares: Santa Bárbara y Santa Catalina, Santa Clara y Santa Elena, las San Buenaventura y san Antonio de Padua , San Luis Obispo y santo no identificado, y San Pedro y San Pablo, así como las Escenas de la vida de san Francisco.

El conjunto lo complementan las cenefas que enmarcan y forman unidad, como también la arquería ornamentada con columnas platerescas lo mismo que el guardapolvos de rojo almagre. Como ocurrió con la arquitectura, no debe pensarse que todo es unidad, pues al fijar la mirada en las conchas de los arcos, claramente se delata sobrepuesta de modo que en realidad, lo que vemos no es sino una estratigrafía compuesta por varias etapas, algunas de ellas momentos distintos del mismo siglo XVI cuando concluida la última etapa constructiva, se procedió a extender símbolos, grutescos e imágenes por todo el convento, plagando cada espacio con algo más que paredes blancas, usando patrones para simular con pintura tapices finos. Usando además del negro azules y rojos que aún a dia de hoy revisten suntuosamente las capillas del claustro alto y bajo como otros anexos en donde los fragmentos murales todavía subsisten, como los simbólicos sillares de la fachada principal. A las etapas primeras, las huellas del tiempo delatan nuevas alteraciones hechas con policromías dieciochescas, con encalados del siglo XIX y aún con grafitis de tiempos coloniales y modernos.

Sin detenerme demasiado, todo cuanto cito ha de darles al menos una idea, que los programas ornamentales, como la arquitectura, son complejos entramados y libros que exigen lectura cuidadosa.

Obvio parecería preguntarse qué representa el panel de los doce, y en primera ins-tancia, es claro que parecen los retratos de los religiosos que formaron grupo en torno a fray Martín de Valencia. Los nombres de esa docena de nuevos apóstoles, con al menos una etapa de repinte, aparecen escritos sobre sus cabezas y particularizando a cada religioso. Verdad es que si esta pintura fuera ejecutada sobre la década de 1560, muchos años habrían pasado como para pensar que se pudiera considerar a esas imágenes un retrato del natural, sobre todo en el sentido como hoy podría concebirse. Los hábitos y el gesto de oración uniforman las imágenes pero no obstante, se nota levemente el esfuerzo por mostrar rostros distintos. Al respecto, lo más logrado del conjunto estriba en el hecho de que tanto fray Juan de Palos como fray Andrés de Córdoba no llevan tonsura, lo que seguramente refiere su estado como religioso lego. De este modo, símbolos y palabras hacen funcionar a la imagen típicamente conocida como la representación de los primeros doce. A ello se une la inscripción:

Estos muy dichosos y bienaventurados doce religiosos fueron los primeros fundadores de la fe en esta Nueva Iglesia. Salieron de España año de 1524 día de la conversión de S. Pablo y llegaron a esta tierra viernes de vigilia vigiliæ de Pentecostés del mismo año 4.

Con lo que parecería reforzase la idea de que esta escena sólo es una fórmula convencional del retrato novohispano. Tal interpretación ya es moneda corriente y por tanto, debería aceptarse que sólo eso miramos. Y sin embargo, en esta representación existe otro elemento al que aun no hemos llamado la atención debidamente; es trata, en efecto, de la cruz que divide en dos al grupo de religiosos de modo que al volvernos a preguntar sobre lo qué representa la escena, además de lo anterior, podría agregarse que posiblemente se trata de la Adoración de la Santa Cruz por los doce primeros franciscanos, o acaso también la Implantación de la Santa Cruz. En cualquier caso, ya estaríamos en dirección a considerar que el grupo de retratados figura además una escena que cuenta una historia, un acto fundacional en el que la cruz refiere simbólicamente su actividad misional cuyo inicio ejerció esta orden privilegiadamente.

Por si fuera poco, al compararlo con uno de los dibujos que forman parte de la Descripción de la ciudad y provincia de Tlaxcala de la Nueva España… de don Diego Muñoz Camargo[12], concederíamos al menos que tan poderosa imagen provee vasos comunicantes más allá de los estratos más evidentes, en donde la importancia fundacional que tuvieron los franciscanos en la Nueva España se sumerge con la historia escrita por cronistas propios y ajenos tanto como en otras obras pintadas en distintos conventos a lo ancho y largo de la Provincia del Santo Evangelio.

Después de todo, el propio Mendieta asegura que los doce fueron pintados en muchos de sus conventos, y es creíble que además, su iconografía bordara no sólo en el terreno formado por el mural de la sala de profundis en Huejotzingo, sino además, en contar directamente la historia del arribo de la misión encabezada por fray Martín de Valencia, como lo atestigua el mural de la portería de Tlalmanalco, bosquejo artístico del siglo XVI casi perdido, tanto como la serie mural de la portería de Ozumba, interesante al efecto porque su pervivencia en el tiempo obedece al hecho de que tal obra jamás se encalara, renovándose varias ocasiones y en donde las más evidentes fueron una en el siglo XVIII y otra en el XIX, momentos de intención en los que un acontecimiento histórico del siglo XVI se revitaliza a la luz de distintas necesidades.

Como puede apreciarse, la presencia de estas pinturas hace eco a la construcción de la memoria, convirtiendo al edificio en cobijo y símbolo de la vida religiosa tanto como en máquina de la memoria. Así vistos, los retratos tendrían la primera función de revivir entre sus coetáneos el recuerdo de los hechos virtuosos y obras que del personaje que se hizo merecedor de su representación.

Otra función caminaría por los senderos propios de la comprensión histórica, pues la vida ejemplar con la que se labró la historia de los franciscanos en la Nueva España, se convierte en testimonio actuante, vivo, de los valores espirituales con que se forjó toda la historia de la orden, destacándose particularmente para el caso de los religiosos franciscanos, su valioso desempeño en la formación de la iglesia indiana.

 

NOTAS

[1] Fray Diego Valadés, Retórica cristiana adaptada para el uso de disertar y predicar llevando insertos en su sitio ejemplos de ambas facultades. Estos son extraídos sobre todo de la historia de los indios. Donde además de la doctrina, se obtendrá una suma delectación, México, Fondo de Cultura Económica – Universidad Nacional Autónoma de México, 1989. Biblioteca Americana.

[2] John McAndrew, The Open-Air Churches of Sixteenth-Century Mexico, Cambridge, Harvard University Press, 1965.

[3] La historiografía de Huejotzingo inicia tempranamente con la publicación de Antonio Peñafiel, Ciudades coloniales y capitales de la República Mexicana. Las cinco ciudades coloniales de Puebla: Cholula, Huejotzingo, Tepeaca, Atlixco y Tehuacan, México, Secretaría de Fomento, 1914, y la monografía firmada conjuntamente por Rafael García Granados y Luis Mac Gregor, Huejotzingo, la ciudad y el convento franciscano, México, Talleres Gráficos de la Nación, 1934. Monografías Históricas Mexicanas. También deben contarse los cuadernillos de Melitón Salazar Monroy, Convento franciscano de Huejotzingo, Puebla, s. e., 1944, y el ya citado Motivos ornamentales al fresco del convento franciscano de Huejotzingo. Entre los estudios recientes destaca los trabajos de Marcela Salas Cuesta, La iglesia y el convento de Huejotzingo, México, UNAM, Instituto de Investigaciones Estéticas, 1982, y Mario Córdova Tello, El convento de San Miguel Huejotzingo, Puebla. Arqueología histórica, México, Instituto Nacional de Antropología e Historia, 1992, así como varios artículos que tratan diversos aspectos relacionados con el convento y su patrimonio: Santiago Sebastián, “La significación salomónica del templo de Huejotzingo (México)”, Traza y Baza, Palma de Mallorca, 1973, n. 2, pp. 77-88, Efraín Castro Morales, “Noticias documentales acerca de la construcción de la iglesia de San Miguel de Huejotzingo, Puebla”, Monumentos Históricos, México, 1980, n. 4, pp. 5-16. Diego Angulo Iñiguez, “Pereyns y Martín de Vos. El retablo de Huejotzingo”, Anales del Instituto de Arte Americano e Investigaciones Estéticas, Buenos Aires, 1949, n. 2: pp. 25-27, y Heinrich Berlin, “The High Altar of Huejotzingo”, The Americas, Washington, D. C., 1958, v. XV, n. 1, pp. 63-73.

[4] Marcela Salas Cuesta, La iglesia y convento de Huejotzingo: p. 42.

[5] Mario Córdova Tello, El convento de San Miguel Huejotzingo, Puebla. Arqueología histórica: pp. 45-62.

[6] Ibídem: pp 62-101.

[7] Pedro Ángeles Jiménez, “Estudio introductorio a la Vida de Fray Martín de Valencia escrita por fray Francisco Jiménez”, apéndice del libro de Antonio Rubial García La hermana pobreza. El franciscanismo: de la edad media a la evangelización novohispana, México, Universidad Nacional Autónoma de México, Facultad de Filosofía y Letras, 1996: pp. 211-261.

[8] Fray Toribio de Benavente, Motolinía, Memoriales o libro de las cosas de la Nueva España y de los naturales de ella, México, Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Históricas, 1971.

[9] Fray Gerónimo de Mendieta, fray Pedro de Oroz y fray Francisco Suárez, Relación de la descripción de la Provincia del Santo Evangelio que es en las Indias Occidentales que llaman la Nueva España, hecha en el año de 1585 por…, México, Junípero Serra, 1975. Y fray Gerónimo de Mendieta, Historia eclesiástica indiana, México, Porrúa, 1980.

[10] Fray Juan de Torquemada, Monarquía indiana de los veinte y un libros rituales y monarquía indiana, con el origen y guerras de los indios occidentales, de sus poblazones, descubrimiento, conquista, conversión y otras cosas maravillosas de la mesma tierra, 7 vols., ed. coordinada por Miguel León-Portilla, México, Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Históricas, 1975-1985.

[11]Vetancourt, fray Agustín de, Crónica de la provincia del Santo Evangelio de México. Cuarta parte del Teatro Mexicano de los sucesos religiosos y Menologio franciscano de los varones más señalados que con sus vidas ejemplares, perfección religiosa, ciencia, predicación Evangélica, en su vida y muerte ilustraron la Provincia del Santo Evangelio de México, México, por doña María de Benavides viuda de Juan de Ribera, 1697. Edición facsimilar, México, Editorial Porrúa, 1971.

[12] Diego Muñoz Camargo, Descripción de la ciudad y provincia de Tlaxcala de la Nueva España e Indias del mar océano para el buen gobierno y ennoblecimiento dellas, mandada hacer por la S.S.R.M del rey don Felipe, Nuestro Señor, edición de René Acuña, México, Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Antropológicas, 1984. Serie Antropológica 53.

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