Rodrigo de Cifuentes y el conde de la Cortina: un invento de la historiografía de la pintura novohispana

por Pedro Ángeles

La presente nota formó el texto que leí en el evento “Amans artis, amans veritatis. Coloquio internacional de arte e historia en memoria de Juana Gutiérrez Haces (1948-2007)”, que se llevó a cabo en el Palacio de Cultura Banamex / Palacio de Iturbide, entre el miércoles 9 al viernes 11 de abril de 2008. Al tratarse éste de un trabajo en curso, y ser las notas preliminares de un trabajo mayor, preferí publicarlas primero por vía electrónica, rindiendo otra manera de tributo a quién, de todos modos, dedico cariñosamente el empeño.

I

Tuve el honor de conocer a Juana Gutiérrez y el privilegio de trabajar con ella, no sólo indirectamente, en cuanto concierne a la vida académica en el Instituto de Investigaciones Estéticas, sino también directamente, gracias a sus proyectos Cristóbal de Villalpando y Antología de pintura hispanoamericana. El cariño con que pudiera referirme a ella, apenas salva el lapso de su ausencia: tiempo y espacio lleno de momentos pendientes que se conjugan con la añoranza. Siempre me asombró como mi admirada Juana podía pasar de los temas del Renacimiento a los de la pintura novohispana, y cómo su intuición le llevó, de manera particular, a los terrenos de su historiografía. Para corroborarlo, en un extremo invoco la edición que hiciera de los Diálogos sobre la historia de la pintura en México de José Bernardo Couto, realizada conjuntamente con Rogelio Ruíz Gomar [1], así como su artículo “Algunas consideraciones sobre el término estilo en la historiografía del arte virreinal mexicano” [2]. En el otro extremo estarían sus trabajos “Tradición, estilo y escuela en la historiografía del arte virreinal mexicano: reflexión en dos tiempos” [3], y el titulado “¿La pintura novohispana como koine pictorica americana? Avances de una investigacion en ciernes” [4]. En el otro extremo, porque en ellos se mira el poderoso influjo de su reflexión teórica, que desafortunadamente para nosotros se quedó en ciernes. Yo sabía cómo le gustaba estos temas, y semanas antes de su partida, compartí con ella algunas de las páginas que leeré a continuación. Ya no pudímos comentarlas, las comento con ustedes, con la certeza de que apenas son el inicio de un trabajo donde yo mismo voy enfrazcado entre la mar de letras escritas por nuestra tradición historiográfica. Se que disfrutaré de su comentario pero que irremediablemente, me faltará el de nuestra querida Juana.

II

No se si atenta, a alguna persona del público le ha llamado la atención que una calle de la colonia San José Insurgentes, en nuestra populosa ciudad de México, perpetúe el nombre de un tal Rodrigo de Cifuentes[5]. Dicha vía corre paralela a otra que se llama Andrés de la Concha, y entre los pintores coloniales que merecieron igual distinción, se pueden mencionar a Juan Tinoco, Diego Becerra o Miguel Cabrera… y para abreviar en síntesis, una avenida condensa al linaje de “los Echave” y otra el de “los Juárez”. Bien cierto es que por el rumbo también se halla una Claudio de Arciniegas, Salomé Piña o José María Velasco, y lo dejamos aquí para no recitar toda aquella artística geografía, que bien da la pauta para pensar en aquella frase de “tiene nombre de calle”, pudiéndonos figurar que en el caso de la mencionada colonia, se rinde un tributo a los artistas que –con un enfoque nacionalista- trabajaron por este mexicano suelo.

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La cosa no estaría del todo mal, bien merecido lo tienen muchos de estos artistas cuyo ingenio forma parte de nuestro patrimonio cultural, pero el desconcierto llega cuando tras la obligada lectura de La pintura colonial en México de don Manuel Toussaint[6], o los no menos indispensables Diálogo sobre la historia de la pintura en México de Bernardo Couto[7], me encuentro que entre los insignes nombres de la colonia San José Insurgentes, uno podría no venir a cuento, y vamos, no sólo eso, que el nombre de Rodrigo de Cifuentes se le eleva al rango de “chapuza histórica”, configurada por el ingenio de un notable personaje de nuestro decimonónico siglo: un tal Conde de la Cortina. Abramos pues el escenario: escribe Toussaint:

Al estudiar los orígenes de la pintura del virreinato de Nueva España, es uso y hábito mencionar a Rodrigo de Cifuentes como el primer artífice europeo que pasó a México. Conviene, pues, estudiar en qué fundamentos históricos descansa la noticia relativa a este pintor. En el año de 1853 y siguientes se publicaba en México un monumental Diccionario Universal de Historia y Geografía[8] en el cual reproducía una obra semejante dada a la luz en España, pero con numerosos e importantes agregados relativos al país… [9].

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Y en efecto, participaron en la realización de sus 10 volúmenes una destacada pléyade de intelectuales, sociedad de literatos distinguidos, entre quienes no podemos dejar de mencionar nombres como el de Lucas Alamán, Joaquín García Icazbalceta, Manuel Orozco y Berra, José Fernando Ramírez, José María Lafragua, Justo Sierra, José María Roa Bárcena, José Joaquín Pesado, José María Andrade, José Bernardo Couto, Manuel Payno y entre otros tantos más, el de don José Justo Gómez, Conde de la Cortina y Castro. ¿Quién podría imaginarse que alguno de los artículos de tan benemérita obra, pudiera alentar alguna sombra de duda sobre la veracidad de su información?. Y así, en el volumen II, hallamos la entrada correspondiente a Rodrigo de Cifuentes bajo la rúbrica de “el C. de la C.”, nuestro Conde de la Cortina. Ya bien señalaba Toussaint, que el artículo forma un completísimo cuadro biográfico:

*CIFUENTES (RODRIGO DE): nació en Córdoba (en España) el año 1493, y aunque se ignoran las circunstancias de su niñez y primera educación, sabemos que se dedicó a la pintura y que el año 1513 ayudaba a su maestro Bartolomé de Mesa a pintar la sala capitular de Sevilla. Establecido en esta ciudad no debió de serle muy productivo el ejercicio de su arte, puesto que en 1523, se resolvió a abandonar su patria y trasladarse a la Nueva España con varias familias españolas en cuya compañía llegó a Veracruz el día 2 de octubre de aquel año, llevando según parece, recomendaciones eficaces para Hernán Cortes, a cuyo lado permaneció constantemente y a quien acompañó en su viaje a Honduras en el año siguiente. Tuvo particular amistad con Fr. Martín de Valencia, que en junio del mismo año, 1524, llegó a la Nueva España con los misioneros franciscanos llamados “Apostólicos,” y pintó para la iglesia que éstos fundaron en Tehuantepec, varios cuadros, de los cuales el que en aquellos tiempos y en aquellos lugares pareció de mas mérito, fue el que representaba a S. Francisco en actitud de orar hincado de rodillas. La protección de estos padres, la muy especial de Hernán Cortes,y la circunstancia de ser Cifuentes el único pintor que por entonces había en la Nueva España le fueron tan favorables, que hubiera podido muy bien realizar su propósito de volver rico a su patria, si la pasión del juego no le hubiese hacho perder todo el dinero que ganaba. Siguiendo su gusto particular se dedicó especialmente a hacer retratos que le producían cuantiosas sumas, y entre ellos hizo el de Fr. Martín de Valencia su amigo; el de Dª Marina (conocida por el nombre popular de la “Malinche”), a quien retrató en Guazacoalco, y el de Hernán Cortes, en 1538, para el ayuntamiento da Tacuba. Además pintó una infinidad de cuadros y retablos para las iglesias, y algunos (que fueron los mas esmerados) para la casa de Hernán Cortes; los cuales juntamente con el de Dª Marina, perecieron en el incendio que padeció aquel edificio en mayo de 1652, habiéndose salvado de esta catástrofe uno solamente que es tal vez el mejor de cuantos pintó Cifuentes, y que representa el bautismo de Magiscatzin con el retrato de éste y el de D. Marina. La conservación de tan apreciable pintura se debió a la casualidad de haberla regalado Cortes a los padres de S. Francisco de Tlaxcala, en cuyo convento se hallaba en aquella fecha, y en donde existe actualmente. Entre los objetos de antigüedades mexicanas que llevaba a Europa D. Lorenzo Boturini se hallaban dos retratos, uno del conde de Tendilla, primer virrey de la Nueva España, y otro de Alvar Núñez de Guzmán, ambos de cuerpo entero, pintados por Cifuentes, según consta de una de las partidas del inventario jurídico que se formó de aquellos objetos, y que tuvo en sus manos el autor de este articulo. Cifuentes distaba mucho de ser un pintor de primer orden, pero merece se haga de él honrosa memoria en la historia de Nueva España tanto por haber sido el primer pintor español quo vino a este reino, como por la importancia de las personas de aquella época á quienes dedico su talento, y cuyos retratos dejó a la posteridad. El C. de la C.[10].

Me permití mostrar la cita completa pues aunque copiosa, será la única constancia escrita que hallaremos de él y además Toussaint, en su Pintura colonial…, sólo publica un extracto para después acometer las argumentaciones que semejante nota mereció a su fino sentido crítico. Lo primero que destaca don Manuel es lo asombroso que resultara contar con tantas noticias de un artista de los albores del virreinato, preguntándose, no sin sobrada razón, que: “Si de multitud de artífices solo poseemos un dato, de otros nada más conocemos el nombre. ¿Cómo es posible que de Rodrigo de Cifuentes existan tantos detalles?” [11]. Y continuación, partiendo de las sospechas ya asentadas por Couto y José Fernando Ramírez, enumera los puntos que debieran derribar sobre la lona cuanto señala el Conde de la Cortina:

  1. ¿Porqué en ningún documento de la época en que se sitúa a Cifuentes, existe mención de su nombre o actividad?
  2. En el mismo tenor, y si es cierto que fue a las Hibueras con Hernán Cortés, ¿por qué Bernal Díaz, que menciona hasta a los juglares, no dice nada de él?
  3. ¿Cómo pudo pintar algo para el convento de Tehuantepec si por aquel entonces no existiría edificación alguna?
  4. ¿Por qué en los inventarios de Boturini no existe la partida que refiera los retratos a que hace alusión el Conde? quién, finalmente
  5. confunde el nombre de Alvar Núñez de Guzmán, que no existe, por el del temible conquistador y adversario de Cortés, Nuño Beltrán de Guzmán[12].

No cabe duda que el artículo firmado por el Conde de la Cortina, resulta, formalmente una impecable pieza literaria de biográfica de enciclopedia, y abrigándose en la autoridad de la benemérita empresa editorial de que forma parte, ¿cómo si no con la crítica de sus dichos y fuentes, podía abrirse la cepa que objetara su veracidad?. Con toda razón escribe Toussaint:

¿por qué, preguntará alguien, si un escritor tan serio como Couto, dudaba de la existencia de Cifuentes, tantos autores se han empeñado en sostenerla? -y razonablemente se contesta:- Existen tan pocas noticias de nuestros pintores del siglo XVI, que suprimir a Cifuentes equivalía casi a quedarse sin nada, y el afán del escritor que se encariña con su asunto y desearía tener muchos artistas que citar, no podía conformarse con desdeñar este que tan bien sazonado se le presentaba. Es tan poderoso este afán que nadie puede sustraerse a él: yo mismo, que con tanto empeño niego la fantasía que creó a Cifuentes, estoy quizá dentro de esta tendencia sin saberlo [13].

Aquí habría que decir, que el argumento que presenta don Manuel respecto al significado de eliminar a Cifuentes de la historia del arte, durante mucho tiempo fue verdad categórica. Tan sólo en lo que se refiere a pintores de la época novohispana, en el mismo diccionario apenas hallé las entradas biográficas Miguel Cabrera[14] -que es la de mayor interés historiográfico- y la de José de Ibarra[15]-ambas escritas por Manuel Orozco y Berra- y otra para Baltasar de Echave[16] debida, posiblemente, a J. Mariano Dávila-, extrañándonos de veras que ninguna de ellas ostentara la firma de José Bernardo Couto o de su primo José Joaquín Pesado, quienes posteriormente figurarán muy enterados sobre los asuntos de la antigua escuela mexicana de pintura, como protagonistas principales, junto con Pelegrin Clavé, en los Diálogo sobre la historia de la pintura en México[17], publicados por vez primera el año de 1872. Por otra parte, no hay que olvidar que la base que impulsó a don Manuel a estudiar durante su vida la historia del arte mexicano, era la misma que, compartida, impulsó la creación del Diccionario universal de historia y geografía, a saber: la configuración de una identidad nacional. Así, vemos que el Diccionario… se publicó con la idea de dotar la nación mexicana de una herramienta sintética, que abarcara las más amplias líneas del conocimiento, fundamentada en la decana sabiduría de las plumas que reunía. Empresa no menor, dada a la imprenta entre los años de 1853-1856, en el entorno de la inestabilidad política latente durante casi todo el siglo XIX en un país que, hacía no mucho, perdía una dolorosa guerra con los Estados Unidos, cediendo extensas porciones de su antiguo territorio. Por ello, de la introducción general del diccionario rescato las siguientes frases que ven en la empresa publicada la construcción de

…un monumento glorioso para el país en que vimos la luz; echar los cimientos de un Diccionario Histórico exclusivamente mexicano; acopiar los materiales que han de servir para nuestra historia; comenzar lejos de las pasiones y de la agitación que producen la lucha momentánea y el espíritu de partido; comentar, decimos, el juicio de los hombres que han tenido un decidido influjo en nuestra sociedad, que han dado a nuestros destinos un giro feliz o desgraciado, y preparar para ellos el juicio severo de la historia, que algún día los cubrirá de alabanza o de baldón no es sin duda una labor perdida ni una tarea inútil. Los hombres desaparecemos unos tras otros, y las generaciones se suceden como las olas de polvo que levanta el viento en los caminos; pero las acciones y la memoria de cada uno de los que producen males o bienes, deben quedar en los demás como recuerdo imborrable, para que sirvan de estímulo o de escarmiento, y para que los que nos sucedan sigan o se desvíen de este, o de aquel camino…[18]

Nobles palabras que funcionarán así mismo para explicar, pese a todo, que las argucias del Conde de la Cortina son compatibles con el deseo de dotar país de una simiente artística, aunque ésta fuera construida más en el filo del quehacer literario de su creador, que –diríamos de manera harto positivista- sobre las bases de la evidencia histórica. En los Diálogos…, José Joaquín Pesado le pregunta a Couto: ¿De dónde tomaría nuestro amigo tan curiosas noticias? Obteniendo como respuesta las siguientes palabras:

Dos ocasiones se lo pregunté: la primera me señalo como fuente el archivo de la Casa de Contratación de Sevilla, si bien a mí me pareció cosa extraña que en los documentos de aquella oficina se encontrasen todos los particulares que acabo de referir. La segunda, me dijo que los había sacado de unos apuntes del erudito padre Pichardo, que un amigo suyo le había regalado. Aún me agregó que la marca o cifra con que firmaba sus cuadros Rodrigo de Cifuentes, era esta: una R, cuyo trazo delantero inferior, muy prolongado, llevaba inscritas una o y una c, y arriba una s: en esta forma…[19]

firma de Rodrigo de Cifuentes

Dudándolo como lo dudaba, todavía Couto se detiene más adelante a escribir:

A mi sólo me detiene para creerlo así -el que Cifuentes fuera una ficción-, el que siendo el señor Cortina hombre de honor, no puedo concebir que vendiese al público como verdad un cuento inventado de su cabeza[20]

Y sin embargo, no cabe duda que la historia de Rodrigo de Cifuentes resulta apenas algo más que un castillo de naipes, y esto es lo absolutamente increíble, pues como la calle de la colonia San José Insurgentes, con el tiempo ese nombre ganó cobas de tal interés, que me resulta verdaderamente digno ocuparse de ellas. La primera, y de la mayor relevancia en lo que toca al siglo XIX, la encontramos entre las páginas de una pequeña obra titulada: Breves apuntes sobre la antigua escuela de pintura en México y algo sobre la escultura, firmado por Agustín Fernández Villa[21], que ya cita Toussaint, aunque sólo fuera para criticar la manera como en dicha publicación se admite la existencia del mito. En verdad, ello no es del todo exacto pues al parecer, Fernández Villa al tenor de los argumentos de Couto, admite que:

Resultando como dudosa la venida del pintor Cifuentes con Hernán Cortés, sólo consignamos como pintores existentes en la Nueva España en este siglo –el XVI- al español Alonso Vázquez elogiado por Torquemada, y citado como autor de los cuadros, obsequio al Marqués de Montes Claros y que en 1603 fueron colocados en la capilla de la Universidad[22]

Y a seguidas, viene una nota al pie debida a la pluma del promotor de la segunda edición, don Alfonso Toro, que es la que verdaderamente levantó ámpulas a don Manuel:

La existencia de Rodrigo de Cifuentes no puede ya considerarse dudosa, a pesar de que don José Bernardo Couto hace graves objeciones acerca de las noticias dadas por el Conde de la Cortina sobre este pintor. Indudable es que éste incurrió en algunos graves errores, pero después del descubrimiento del cuadro que representa a Hernán Cortés ante San Hipólito, que reproducimos en este libro, por primera vez, cuadro que indudablemente fue pintado en el siglo XVI y que lleva la firma de Cifuentes, como la describe el Conde de la Cortina, creo que no puede ponerse en duda su existencia[23]

Es de suponerse que esta pintura, hoy bajo la custodia del Museo Nacional de Historia del Castillo de Chapultepec, tuviera en algún momento de su existencia la mencionada firma. Toussaint es durísimo en su juicio sobre el asunto[24] y presumiendo el cuadro como de épocas posteriores a los años en que supuestamente viviera Cifuentes, lo ve completamente apócrifo, como el autógrafo que de haber existido, se encargaría de borrar una restauración posterior, quedándose la pintura, efectivamente, como una obra que correspondería a la primera década del siglo XVII, atribuida, curiosamente, al único nombre cierto con el que contaba Fernández Villa, que era el sevillano Alonso Vázquez. Otra pintura que se presumía como posible atribución del posible Cifuentes, fue el bautismo de los señores de Tlaxcala, existente en el templo de Tizatlán, pintura que en opinión de Toussaint se relaciona con la escuela de José Juárez. Si bien la cercanía al círculo de este notable pintor del siglo XVII no se mantiene, es bien cierto que la obra podría considerarse de mediados de esa centuria, aunque su asunto remita a un evento fundacional del siglo XVI, cuyo simbolismo atañe audazmente los asuntos de identidad e historia de la República de Tlaxcala. El tratar sobre un acontecimiento de los años de la conquista, bien pudiera ser la razón por la que ese lienzo y otro más primitivo, pero que se halla en el retablo mayor de la iglesia de San Francisco de Tlaxcala, se concedieran sin empacho al pintor inventado. Curiosamente, en la pintura del convento de la Asunción de Tlaxcala se destaca la presencia de una hermosa figura femenina, a quién por extensión de los temas que tratara Cifuentes se le pensara como el retrato de doña Marina.

La audacia de la firma autógrafa que algún día ostentara el san Hipólito, no constituye la única evidencia material de quienes, animados por diversas razones, alentaron de buena o mala fe la existencia de Cifuentes, y de esta manera, otros autógrafos, ya ni siquiera parecidos al que se ve publicado en las páginas de Couto, se aprecian en dos pinturas más: la primera que habremos de comentar también pertenece a las colecciones del Museo de Chapultepec: firmada “Sifuentes fecit”, tiene por tema Las armas concedidas por el Emperador Carlos V a la casa de los emperadores Xicotencatl y su genealogía; cuadro pintado posiblemente sobre la segunda mitad del siglo XVIII, pero que tal vez copia un documento más primitivo. Cabe acotar que hace un par de años, esta obra se llevó al Laboratorio de Diagnóstico de Obrasd de Arte de nuestro Instituto de Investigaciones Estéticas, comentándose abundantemente la cuestión de si la firma debía retirarse o no, al filo de otra posible restauración.

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La segunda pintura a comentar pertenece a colección particular, y se trata de un óleo sobre lámina en el que se pintó el martirio de San Eduardo rey, curiosidad que también lleva el autógrafo de Cifuentes pero que sin duda, se puso en el cuadro menos pertinente para sustentar la existencia del supuesto pintor, aunque desde la esquina contraria, también esta pintura bien puede llamarse a estrado para negarla. Pero los cuadros apócrifos no son el único fenómeno que acompaña a Cifuentes y ya puesta la trampa, muchos mas cayeron en sus redes. Cito dos ejemplos: el primero lo comentamos sobre una obra de Miguel Solá, publicada en Barcelona en 1935 y que tiene el mérito de ser una de las pioneras obras que con criterio general, se ocuparon de formar una Historia del arte hispano-americano[25]. En el apartado que trata sobre la pintura en México, que al parecer de Solá sigue en importancia a la arquitectura, escribe:

Entre los precursores de la escuela mexicana aparece Rodrigo de Cifuentes, que llegó a la Nueva España formando parte del séquito del conquistador de México. Es autor del cuadro “Hernán Cortés orando ante San Hipólito”, que se conserva en el Museo Nacional. Se le atribuyen varios retratos de Cortés e hizo los de Nuño, conde de Tendilla y de fray Martín de Valencia, entre otros, pintó un gran retablo representando el bautismo de un cacique de Tlaxcala [26]

Explicable parece que Miguel Solá, sin alcanzar a conocer la Pintura colonial en México, que don Manuel Toussaint mantuviera en un cajón hasta la fecha de su muerte –no se olvide que el maestro Xavier Moyssen la editó póstumamente en 1965-, y tampoco la primera edición de Couto anotada por Toussaint -aparecida en 1947-, el español mantuviera lo dicho informado por páginas más antiguas. Pero mas inexplicable me parece –a ver ustedes que opinan- que la existencia de Cifuentes se siguiera perpetuando en una página Web del Museo Metropolitano de Arte de Nueva York.[27]

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Ante los argumentos revisados hasta este punto de la charla, no me queda más remedio que admitir que Rodrigo de Cifuentes existe… si no como personaje con sustrato histórico, porque los fragmentos de su biografía y obra se despedazan ante la atenta mirada crítica, si existe como una idea, una que con cierta fortuna ha iluminado ese disputado lugar de primer pintor español en tierras de la Nueva España, que en la actualidad ostenta el andaluz Cristóbal de Quesada, quién habría pasado a México para el año de 1538, aunque por su parte, está sobre la mesa otra hipótesis de concede ese laurel al pintor y/o guadamacilero Juan de Najara o Nájera[28]. Acaso debamos detenernos a reflexionar sobre la función de los mitos fundadores. La pintura novohispana decanta uno y sus consecuencias siguen vigentes. Pero la mitografía estaría incompleta si dejamos de mencionar otros fenómenos igualmente apasionantes, como la historia que fijó en sus filos literarios el México viejo de Luis González Obregón y que refiere los avatares de Simón Pereyns y su proceso inquisitorial, a cuya vera surge el aura de la celebérrima Virgen del Perdón. En ese mismo sentido también aguarda la historia de Isabel de Gamboa, “la Zumaya” y en otro más parecido al de nuestro Cifuentes, estaría el caso de Francisco de Villalpando[29], quién suplió la autoría de la serie de lienzos del Convento grande de San Francisco de Guatemala a Cristóbal de Villalpando, o Francisco Cubrian, quien detentó en lugar de Francisco Zurbarán, la autoría de un retablo dedicado a Nuestra Señora del Rosario en la iglesia de Santa Paula de Sevilla[30]. Lo apresurado que voy en este punto ya no tiene remedio, simplemente llamo la atención a los temas derivados de nuestra tradición historiográfica, a la vera de un camino que ya suma el siglo y medio de trabajos relacionados con la historia de la pintura novohispana. Creí conveniente traer a cuento esta parte de nuestro legado historiográfico, porque en sí, creo que todas estas son historias apasionante, pero también, porque advierten del cuidadoso proceder que aguarda a quién frente a tantas preguntas, se atreva a ensayar nuevas respuesta … muchas gracias.

Notas

[1] José Bernardo Couto, Diálogo sobre la historia de la pintura en México, estudio introductorio de Juana Gutiérrez Haces y notas de Rogelio Ruiz Gomar, México, CONACULTA, 1995. Cien de México.

[2] Juana Gutiérrez Haces, “Algunas consideraciones sobre el término estilo en la historiografía del arte virreinal mexicano”, El arte en México: autores, temas, problemas, México, CONACULTA, Lotería Nacional, Fondo de Cultura Económica, 2001, pp. 90-193.

[3] Juana Gutiérrez Haces, “Tradición, estilo y escuela en la historiografía del arte virreinal mexicano: dos tiempos”, Tradición, estilo o escuela en la pintura iberoamericana, siglos XVI-XVIII, México, Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Estéticas, Fomento Cultural Banamex, Organización de Estados Iberoamericanos para la Educación, la Ciencia y la Cultura, Banco de Crédito, 2004.

[4] Juana Gutiérrez Haces, “La pintura novohispana como koine pictorica americana. Avances de una investigacion en ciernes”, Anales del Instituto de Investigaciones Estéticas, México, Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Estéticas, 2002, v. XXIV, núm. 80: pp. 47-99. Link consultado en octubre de 2008, revisado en julio de 2013.

[5] Desde el terreno de los estudios históricos y literarios, es oportuno citar el trabajo de Mariana Riva Palacio Quintero: “Las historias fantásticas del Conde”, La república de las letras. Asomos de la cultura escrita del México decimonónico, México, Universidad Nacional Autónoma de México, Coordinación de Humanidades, 2005: v. III, pp. 91-105.

[6] Manuel Toussaint, Pintura colonial en México, ed. de Xavier Moyssén, México, UNAM, Instituto de Investigaciones Estéticas, 1982.

[7] José Bernardo Couto, Diálogo sobre la historia de la pintura en México, ed., prol. y notas de Manuel Toussaint, México, Fondo de Cultura Económica, 1947. Biblioteca Americana. Una edición más nueva es la preparada por Juana Gutiérrez Haces y Rogelio Ruiz Gomar, México: CONACULTA, 1995. Cien de México. La edición príncipe tiene pie de imprenta en México, Imprenta de I. Escalante, 1872.

[8] Diccionario universal de historia y geografía. Obra dada a luz en España por una sociedad de literatos distinguidos y refundida y aumentada considerablemente para su publicación en México, con noticias históricas, geográficas, estadísticas sobre América en general y especialmente sobre la república mexicana, por Lucas Alamán, José María Andrade y otros, 10 v. México, Tipografía de Rafael, Librería de Andrade, 1853-1856.

[9] Manuel Toussaint, op. cit.: p. 15.

[10] Diccionario universal de historia y geografía…:v. II, pp. 314-315.

[11] Toussaint, op. cit.: p. 15.

[12] Ibídem.

[13] Ibídem: p. 16

[14] Diccionario…: v. III: pp 16-17.

[15] Ibídem: v. IX: pp. 579.

[16] Ibídem: v. IX: pp. 260-261.

[17] José Bernardo Couto, Diálogos…: pp. .

[18] Diccionario universal de historia y geografía…: v. I, p. III-IV.

[19] José Bernardo Couto, Diálogo…: pp. 40-41.

[20] Ibídem: p. 42.

[21] Agustín F. Villa, Breves apuntes sobre la antigua escuela de pintura en México y algo sobre la escultura… con prólogo y notas del Licenciado Alfonso Toro. Segunda edición ilustrada con reproducción de varias pinturas tomadas de fotografía directa, México, 1919. Al parecerfue redactado en Guadalajara el año de 1884.

[22] Ibídem: p. LXXXVII.

[23] Ibídem: nota XXII.

[24] Manuel Toussaint, op. cit.: p. 16

[25] Miguel Solá,Historia del arte hispano-americano, Barcelona, Editorial Labor, 1935.

[26] Ibídem: pp. 85-86.

[27] http://www.metmuseum.org/toah/ht/08/canm/ht08canm.htm. Link consultado en octubre de 2008. Al revisarlo para esta edición (julio de 2013) la página citada ha cambiado pero permanece con el mismo contenido: http://www.metmuseum.org/toah/ht/?period=08&region=canm#/Key-Events.

[28] Angel Vargas, “Reportaje la huella de un pintor indígena. Probable autor de la imagen guadalupana del Tepeyac. Subsiste obra pictórica de Marcos de Aquino” [entrevista a Augusto Vallejo de Villa], México, La Jornada, Martes 10 de diciembre de 2002.

[29] Luis Lujan Muñoz, “Nueva información sobre la pintura de Cristóbal de Villalpando en Guatemala“, Anales del Instituto de Investigaciones Estéticas, México, UNAM, Instituto de Investigaciones Estéticas, 1986, v. XV, n. 57, pp. 113-114. Link consultado en octubre de 2008, revisado en julio de 2013.

[30] María Angeles Toajas Roger, “Zurbarán y el retablo del Rosario de Santa Paula de Sevilla, o Francisco Cubrian, un pintor inexistente” Atrio: revista de historia del arte, n. 2, 1990: pp. 9-23. Disponible en: http://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=1402570. Link consultado en octubre de 2008, revisado en julio de 2013.